Nuestro Director Espiritual

LA MISIÓN DE CADA HERMANDAD ES UN ACTO ECLESIAL



¿Qué es evangelizar?

«Evangelizar –decía Pablo VI– significa para la Iglesia llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay, en primer lugar, hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según evangelio»1.
La misión de toda la Iglesia, en cuya comunión vive inserida la vida una Hermandad consiste, según Mt 10, 7-8, en anunciar el Reinado de Dios cur muertos (llevando salvación y vida) y expulsando demonios (opresiones causadas la Conferencia Episcopal Española enseña que los elementos esenciales de «la promoción de la justicia, de la verdad, de la vida, del respeto a la dignidad y de la solidaridad»2. La misión de la Iglesia, por tanto, nos hace testigos de buenas noticias, testigos alegres de la luz y la verdad para que todos «tengan vida y vida en abundancia» (Jn 10, 10).

La misión de la Hermandad es siempre un acto eclesial

Esta misma misión que Él recibió del Padre se la ha confiado a su Iglesia (Mt 4, 12-17; Mc 1, 1620). Dicha misión es única y, además, es la misma para todos los discípulos de Jesús. Como miembros de la Iglesia que sois, los laicos estáis también llamados a anunciar el Evangelio y participar de dicha misión. Los sacramentos de la Iniciación Cristiana (Bautismo, Eucaristía y Confirmación) os habilitan y comprometen en esta tarea. De hecho, la Confirmación está muy estrechamente unida a la misión de los laicos en la acción evangelizadora de la Iglesia. Así pues, el Espíritu Santo que desciende sobre los discípulos el día de Pentecostés se derrama sobre cada cristiano en su Confirmación, en la cual se nos bautiza plenamente en el Espíritu, esta vez de cara a una misión especial: edificar la Iglesia y construir el Reino de Dios en medio de este mundo.

El compromiso con nuestro tiempo: animar el «orden temporal»

La animación cristiana del «orden temporal» es el campo específico de los laicos3. Esto quiere decir que la vocación laical, lejos de alejaros de los gozos y preocupaciones de nuestra sociedad, os coloca en el corazón mismo del mundo. A través de los más variados ámbitos de vuestro universo de relaciones (familiar, vecindad, amistad, compañerismo de trabajo, asociaciones, plataformas sociales, etc.) se os invita a «poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo»4. Es decir, estáis llamados a alumbrar en el mundo el rostro de Cristo dando plenitud a todo lo bueno y noble que hay en el corazón de las personas y de las distintas culturas. Debemos, con la gracia del Señor, “cristificar” el mundo convirtiéndolo en el Reino de Dios «para que Dios sea todo en todos» (1 Cor 15, 28). Eso es lo que quiere decir animar el «orden temporal»: tratar de convertir por la sola fuerza y belleza del mensaje tanto la conciencia personal como la conciencia colectiva de los hombres. Esto no se circunscribe a una zona geográfica, sino que abarca la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos, sus criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que contrastan con el designio de Dios5.
Hemos dicho que los laicos vivíis en el siglo, es decir, en todas y a cada una de las actividades y profesiones, así como en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que vuestra existencia está entretejida. Pues bien, el Concilio Vaticano II enseña que es aquí donde estáis llamados por Dios a la santidad, a cumplir vuestro propio cometido, contribuyendo desde dentro a la consagración del mundo6. A vosotros, muy en especial, os corresponde iluminar y organizar todos los asuntos temporales a los que estáis estrechamente vinculados, de tal manera que éstos se realicen según el espíritu de Jesucristo7.
De esta manera, estáis llamados a humanizar el rostro de nuestro mundo porque la Iglesia, revelando al hombre quién es Cristo, también revela quién es el hombre y cuál es el sentido de su existencia8. No olvidemos que la Iglesia está llamada a servir al hombre porque «el reino es fuente de plena liberación y de salvación total para los hombres»9. Los laicos, por vuestra índole secular, debéis ordenar la sociedad para que en su seno se vivan con gozo los frutos de la redención.

Contenidos de la misión

Pero quizás muchos se estén preguntando qué debemos anunciar, por dónde se empieza, cuáles son los contenidos de la evangelización. Pues en primer lugar, debemos decir que en el mensaje de la Iglesia hay una serie de contenidos esenciales y otros, en cambio, que son elementos secundarios10. La presentación de dichos elementos secundarios no sólo depende en gran parte de los cambios de circusntancias, sino que esos elementos también cambian (p.ej. carácter histórico de algunos aspectos morales). Los contenidos esenciales, en cambio, forman parte de la misma sustancia viva de la evangelización. Éstos son: UN TESTIMONIO AL AMOR DEL PADRE: TESTIMONIAR QUE DIOS HA AMADO AL MUNDO EN SU HIJO, DANDO A TODO SU SER Y LLAMANDO A LOS HOMBRES A LA VIDA ETERNA.. CENTRO DEL MENSAJE, LA SALVACIÓN EN JESUCRISTO: LA BASE, CENTRO Y CULMEN DEL DINAMISMO EVANGELIZADOR ES PROCLAMAR QUE EN JESUCRISTO HECHO HOMBRE, MUERTO Y RESUCITADO, SE OFRECE LA SALVACIÓN A TODOS LOS HOMBRES.
BAJO EL SIGNO DE LA ESPERANZA: LA EVANGELIZACIÓN ES UN ANUNCIO PROFÉTICO DEL MÁS ALLÁ, VOCACIÓN PROFUNDA Y DEFINITIVA DEL HOMBRE, EN CONFORMIDAD Y DISCONTINUIDAD A LA VEZ CON LA SITUACIÓN PRESENTE.
UN MENSAJE DE LIBERACIÓN EVANGÉLICA MÁS ALLÁ DE LAS IDEOLOGÍAS: LA EVANGELIZACIÓN ES UN MENSAJE QUE AFECTA A TODA LA VIDA PERSONAL Y SOCIAL DE LOS HOMBRES, DE AHÍ LA ESTRECHA VINCULACIÓN ENTRE EVANGELIZACIÓN Y LIBERACIÓN DE TODO LO QUE CONDENA A HOMBRES Y PUEBLOS A QUEDAR AL MARGEN DE LA VIDA OBSTACULIZANDO SU PLENA APERTURA AL ABSOLUTO: HAMBRE, ENFERMENDADES CRÓNICAS, ANALFABETISMO, DEPAUPERACIÓN, INJUSTICA INTERNACIONAL –ESPECIALMENTE EN EL ORDEN COMERICAL–, NEOCOLONIALISMO ECONÓMICO Y CULTURAL, FALTA DE LIBERTAD DE CONCIENCIA Y EXPRESIÓN, FALTA DE LIBERTAD RELIGIOSA, ETC.
CONTRIBUCIÓN ESPECÍFICA DE LA IGLESIA A LA PROMOCIÓN HUMANA: LA IGLESIA NECESITA CRISTIANOS QUE SE DEDIQUEN A LIBERAR A LOS DEMÁS HOMBRES DESDE LA FE, MOVIDOS POR EL AMOR FRATERNO, EN EL MARCO DE LA DOCTRINA SOCIAL COMO BASE DE SU PRUDENCIA E INSPIRACIÓN DE SU COMPROMISO.



Ámbitos de compromiso

Ahora pasamos a preguntarnos cuáles son los ámbitos de dicho compromiso y qué valores se deben promover más concretamente. Juan Pablo II, en la Exhortación Apostólica Post-Sinodal Los fieles laicos (cfr. nn. 36-44), propone los campos concretos de mayor importancia para el compromiso laical. Junto a las indicaciones del Pontífice, hemos añadido algunas formas actuales de realizar esos cometidos: Redescubrir y promover la dignidad inviolable de la persona humana, la cual se alza como el fundamento de la igualdad y solidaridad de todos los hombres entre sí. Venerar el inviolable derecho a la vida y exigir su respeto y defensa en todas y cada una de sus fases. Promover el reconocimiento y respeto de la dimensión religiosa del hombre, así como la libertad para invocar el nombre del Señor. Redescubrir la familia como el primer campo del compromiso social, Iglesia doméstica en la que nacen hijos de la Iglesia y se prepara la incorporación de nuevos y buenos ciudadanos a la sociedad. Llamados al servicio caritativo (no sólo solidario) tanto de modo informal (caridad concreta) como de forma institucional (Cáritas, Manos Unidas, ONG’s, plataformas sociales, proyectos de desarrollo). Promover la justicia siendo todos destinatarios y protagonistas de la política. La Iglesia no está ligada a ningún sistema ni partido político. No obstante, nos urge a los laicos a comprometernos libremente y en conciencia, iluminados por la doctrina social de la Iglesia, con aquellos valores humanos y evangélicos que están relacionados con la cosa pública: promoción del bien común, justicia, espíritu de servicio, solidaridad, paz, promoción del desarrollo, políticas de igualdad de género. Situar al hombre en el centro de la vida económica y social. Para ello, los cristianos debemos conocer medidas solidarias y temas de actualidad que promueven el justo equilibrio entre el Norte y el Sur del planeta (Tasa Tobin, 0,7 %, soberanía alimenticia, deuda externa, ley de extranjería, políticas de integración de colectivos minoritarios: minusválidos, inmigrantes, etc.). En este empeño, brilla por sí mismo el ejemplo de Guillermo Rovirosa, laico español que presidió la Acción Católica y cuyo proceso de beatificación fue recientemente incoado.
Evangelizar la cultura: crear y transmitir una cultura fundada en los valores del Evangelio (ayudarnos de los medios de comunicación, la escuela). No olvidemos las palabras de Pablo VI: «La ruptura entre Evangelio y cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo»11. Por este motivo, Juan Pablo II afirma: «La Iglesia pide que los fieles laicos estén presentes con la insignia de la valentía y de la creatividad intelectual, en los puestos privilegiados de la cultura, como son el mundo de la escuela y la universidad, los ambientes de investigación científica y técnica, los lugares de la creación artística y de la reflexión humanista»12.

Este es el ámbito específico, aunque no exclusivo, de vuestro compromiso y espiritualidad laical.

Evitar los extremos que descentran la identidad

En el desempeño de esta misión, se han podido cometer en las últimas décadas algunos errores que afectan a la comprensión de la misma identidad del cristiano laico en medio del mundo. Para ello, aun a riesgo de caricaturizar, vamos a reflejar dos extremos. Un primer extremo lo representarían aquellos laicos que pensaron que su madurez cristiana consistía en suplantar al sacerdote, asumiendo cada vez más funciones que no le pertenecen. Su preocupación no es el mundo, sino los problemas de la sacristía.
1Un segundo extremo consistiría en centrarse tanto en el compromiso con el mundo que se termina descuidando la vida interior, la oración, la Eucaristía, el sentimiento de amor y pertenencia creativa a la Madre Iglesia.
Ni la clericalización ni la desafección eclesial nos ayudan a madurar evangélicamente. Sólo quien se siente convocado por el Espíritu a la comunión de la Iglesia puede ser impulsado por ese mismo Espíritu a ser testigo en medio del mundo de la unidad en el amor entre el Padre y el Hijo, entre Cristo y su Iglesia, entre todos nosotros y entre la Iglesia y la familia humana.

Levadura en la masa

Indudablemente, son muchas las dificultades para llevar a cabo este compromiso social de fondo en una cultura cada día más alejada de Dios o, peor aún, que habla de Dios sin conocerlo. Sin embargo, el Señor Jesús está con nosotros «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20), haciéndonos partícipes de una batalla contra las fuerzas del pecado cuyo desenlace ya conocemos: la victoria de Cristo. No hay lugar, pues, para el desaliento en la hermosa tarea de ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5, 13-16), humilde levadura que fermenta toda la masa (Mt 13, 33). La fe en Cristo no adocena ni infantiliza, sino que nos convierte en audaces catalizadores de los procesos sociales hacia un mundo más plenamente humano. Por este motivo, debemos permanecer unidos y animarnos mutuamente con palabras de fe, de modo que superemos la división entre fe y vida, devolviendo así la relevancia pública y la credibilidad social a una Palabra que hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).


Directror Espiritual